Lucía Condal
(Jugando a ser madres, tres niñas, con nombres de flores, toman dulce actitud y expresión maternal para mecer a sus muñecas)
Margarita (meciendo):
En cunita de hojas
el trébol morado
dobló su cabeza
pidiendo soñar.
Se durmió la rosa,
la dalila y el trébol...
Mi niña pequeña
durmiéndose está.
Malva (meciendo):
Pastoreando nubes
por el cielo blanco
ya hace mucho rato
que el viento pasó.
Se durmió la rosa,
la dalila y el trébol...
Mi niña pequeña
también se durmió.
Rosalinda (meciendo):
Ojitos de trébol,
manitas de rosa,
corazón de dalia,
blando el respirar,
nuestras bellas hijas,
las tres, como flores,
en blando regazo
dormidas están.
Las tres (en sordina):
... Nuestras bellas hijas,
las tres, como flores,
en blando regazo
dormidas están.
Lucía Condal. Pseudónimo de la distinguida educacionista, escritora, libretista y poetiza chilena Yolanda Carreño, inspirada particularmente en temas infantiles.
Estos son textos tomados de un libro que se llama "Mi amigo, cuarto preparatoria", los que quiero escribir en este blog para la posteridad...
sábado, 4 de agosto de 2012
Una carga pesada
Ocurrió un día en que un jornalero que trabajaba en la construcción de una casa, vio a un carretero cómo trataba de que los caballos, unidos a un carro muy grande cargado con madera, entraran retrocediendo en el patio de la fábrica.
Los caballos a pesar de que parecían esforzarse todo lo posible para cumplir la orden del carretero, sólo lograban avanzar un corto trecho. Pero lo peor era que su esfuerzo resultaba inútil, pues el carro volvía a rodar cuesta abajo, sin que los pobres brutos pudieran retenerlo por lo pesado de la carga.
El carretero se encolerizó y comenzó a gritar a los animales, al mismo tiempo que les fustigaba cruelmente con el látigo. Ante este injusto trato, los caballos cesaron de empujar el carro y comenzaron a cocear.
En este momento el jornalero se aproximó al carrero y díjole:
- Bájese usted un instante y déjeme ver si yo puedo hacer algo con estos caballos. El carrero, aunque de mala gana, accedió a esta petición.
Lo que primeramente hizo el jornalero fue dirigirse adonde estaban los animales y les acarició, a la vez que les hablaba con dulzura. Después quitó el carro varios de los maderos más pesados y los echó en el suelo. Por último, cogió un panecillo de la bolsa donde tenía su merienda, lo partió en dos pedazos y dio uno a cada animal. Cuando acabaron de comer, nuestro jornalero se subió al carro y cogió las riendas.
- ¡Arre! ¡arre! -gritó el trabajador a los caballos, y tiró suavemente de las riendas- ¡Vamos, arriba! Estos seguro de que ahora pueden ustedes si hacen un nuevo esfuerzo. ¡Arre, que ya va subiendo el carro!
Los caballos, alentados por aquella voz amistosa, sacaron fuerza de flaquezas y dieron un vigoroso impulso al carro, y este subió la cuesta y entró en el patio.
- No es agradable trabajar cuando a uno le están regañando y castigando -dijo el trabajador, dirigiéndose al carrero al entregarle las riendas-. La próxima vez que le ocurra a usted un percance como éste, ponga en práctica mi sistema. Ya ha visto usted que da muy buen resultado.
Los caballos a pesar de que parecían esforzarse todo lo posible para cumplir la orden del carretero, sólo lograban avanzar un corto trecho. Pero lo peor era que su esfuerzo resultaba inútil, pues el carro volvía a rodar cuesta abajo, sin que los pobres brutos pudieran retenerlo por lo pesado de la carga.
El carretero se encolerizó y comenzó a gritar a los animales, al mismo tiempo que les fustigaba cruelmente con el látigo. Ante este injusto trato, los caballos cesaron de empujar el carro y comenzaron a cocear.
En este momento el jornalero se aproximó al carrero y díjole:
- Bájese usted un instante y déjeme ver si yo puedo hacer algo con estos caballos. El carrero, aunque de mala gana, accedió a esta petición.
Lo que primeramente hizo el jornalero fue dirigirse adonde estaban los animales y les acarició, a la vez que les hablaba con dulzura. Después quitó el carro varios de los maderos más pesados y los echó en el suelo. Por último, cogió un panecillo de la bolsa donde tenía su merienda, lo partió en dos pedazos y dio uno a cada animal. Cuando acabaron de comer, nuestro jornalero se subió al carro y cogió las riendas.
- ¡Arre! ¡arre! -gritó el trabajador a los caballos, y tiró suavemente de las riendas- ¡Vamos, arriba! Estos seguro de que ahora pueden ustedes si hacen un nuevo esfuerzo. ¡Arre, que ya va subiendo el carro!
Los caballos, alentados por aquella voz amistosa, sacaron fuerza de flaquezas y dieron un vigoroso impulso al carro, y este subió la cuesta y entró en el patio.
- No es agradable trabajar cuando a uno le están regañando y castigando -dijo el trabajador, dirigiéndose al carrero al entregarle las riendas-. La próxima vez que le ocurra a usted un percance como éste, ponga en práctica mi sistema. Ya ha visto usted que da muy buen resultado.
jueves, 2 de agosto de 2012
La casa del camino
Luis Fabio Xammar
(peruano)
Prendida al camino,
como una esperanza,
se brinda el milagro
de la casa blanca.
Está la alegría
presa en sus entrañas
y un portal pintado
como una alborada.
En su cuerpo claro
se siente la magia
y hasta es refrescante
como el agua clara.
¡Que clara, que buena,
que alegre es la casa,
prendida al camino
como una esperanza!
(peruano)
Prendida al camino,
como una esperanza,
se brinda el milagro
de la casa blanca.
Está la alegría
presa en sus entrañas
y un portal pintado
como una alborada.
En su cuerpo claro
se siente la magia
y hasta es refrescante
como el agua clara.
¡Que clara, que buena,
que alegre es la casa,
prendida al camino
como una esperanza!
El cuerpo de bomberos
Un terrible y voraz incendio destruyó la Iglesia de la Compañía en Santiago, el 8 de diciembre de 1863, Iglesia que se hallaba situada donde hoy se levanta el Congreso Nacional. Aproximadamente dos mil personas perecieron en tal lamentable catástrofe.
Fue a raíz de esta desgracia, cuando un grupo de ciudadanos, dispuestos a velar por la seguridad futura de nuestra capital, acordaron formar, inspirados por nobles sentimientos de solidaridad social, un Cuerpo de Bomberos Voluntarios, que, desde el 20 de diciembre de ese mismo año, día de su fundación, ha servido hasta el presente el forma digna de los mayores elogios y admiración, ganando así la gratitud no tan solo de la ciudad, sino también de nuestra Patria.
Abrió la lista de los mártires don Germán Tenderini, que pereció en el incendio del Teatro Municipal, de Santiago, y tras de él muchos otros voluntarios han entregado su valiosa vidas por el logro de su ideal.
Cada voluntario desempeña su papel en los actos y servicios y siempre está dispuesto a darse por entero en el cumplimiento de su deber, sin miramientos del peligro.
El noble ejemplo de los bomberos de Santiago ha sido imitado por generosos y esforzados ciudadanos en todas las ciudades y pueblos del país, que, sin retribución económica alguna y, al contrario, con perjuicio de su peculio personal, en forma tan desinteresada a la sociedad, no sólo en caso de incendio, sino también en cualquier desgraciado acontecimiento, como los que ocurren, por ejemplo, a causa de cataclismos. Acaba nuestro país, sobre todas las ciudades y pueblos del sur, de atestiguar la noble abnegación de los bomberos, particularmente los de Puerto Montt, ciudad tan furiosamente azotada por el terremoto de mayo de 1960. Ellos, adelantándose, junto con Carabineros, a toda otra institución organizada, dieron conmovedor ejemplo de heroísmo y sacrificio, pues, pospusieron sus intereses y afectos familiares, para acudir, noche y día, en oportuno socorro moral y material de todos lo que necesitaban angustiosamente de su de su ayuda.
Rubén Darío, el magnífico y brillante poeta nicaragüense, padre del modernismo literario, compuso el siguiente himno a los Bomberos de Chile:
Fue a raíz de esta desgracia, cuando un grupo de ciudadanos, dispuestos a velar por la seguridad futura de nuestra capital, acordaron formar, inspirados por nobles sentimientos de solidaridad social, un Cuerpo de Bomberos Voluntarios, que, desde el 20 de diciembre de ese mismo año, día de su fundación, ha servido hasta el presente el forma digna de los mayores elogios y admiración, ganando así la gratitud no tan solo de la ciudad, sino también de nuestra Patria.
Abrió la lista de los mártires don Germán Tenderini, que pereció en el incendio del Teatro Municipal, de Santiago, y tras de él muchos otros voluntarios han entregado su valiosa vidas por el logro de su ideal.
Cada voluntario desempeña su papel en los actos y servicios y siempre está dispuesto a darse por entero en el cumplimiento de su deber, sin miramientos del peligro.
El noble ejemplo de los bomberos de Santiago ha sido imitado por generosos y esforzados ciudadanos en todas las ciudades y pueblos del país, que, sin retribución económica alguna y, al contrario, con perjuicio de su peculio personal, en forma tan desinteresada a la sociedad, no sólo en caso de incendio, sino también en cualquier desgraciado acontecimiento, como los que ocurren, por ejemplo, a causa de cataclismos. Acaba nuestro país, sobre todas las ciudades y pueblos del sur, de atestiguar la noble abnegación de los bomberos, particularmente los de Puerto Montt, ciudad tan furiosamente azotada por el terremoto de mayo de 1960. Ellos, adelantándose, junto con Carabineros, a toda otra institución organizada, dieron conmovedor ejemplo de heroísmo y sacrificio, pues, pospusieron sus intereses y afectos familiares, para acudir, noche y día, en oportuno socorro moral y material de todos lo que necesitaban angustiosamente de su de su ayuda.
Rubén Darío, el magnífico y brillante poeta nicaragüense, padre del modernismo literario, compuso el siguiente himno a los Bomberos de Chile:
¡Suena alarma, valiente bombero!
Va la bomba una hoguera a vencer.
Ponte el casco y camina ligero
donde vibra el clarín del deber.
¡Marchad!
¡Fuerza! ¡Valor y voluntad!
Oro y sangre semeja la llama
que voraz en el aire se eleva;
sopla el viento que aviva y renueva
del incendio el poder destructor.
Al hogar amenaza la rutina
y el eco de angustia infinito
sobre el ruido fatal se oye un grito
que demanda ¡socorro y favor!
La garza y la zorra
(Narración floklórica)
Erase una vez una garza que por estar muy cansada no podía seguir a sus compañeras y se quedó a pasar la noche en un bosque.
Metió la cabeza debajo de un ala con intención de dormir, pero desde una covacha la vio una zorra y a la chita callando, sin meter ruido alguno, se acercó a ella y le dijo:
- Buenas noches, señora garza.
- Buenas las tengamos todas, señora zorra. ¡Cómo! ¿Usted por aquí?
- Vengo a pasar la noche contigo -contestó la zorra- Pero duerme, duerme, que, en amaneciendo, hablaremos.
La garza se colocó frente a la zorra y cerró un ojo.
La zorra al verla preguntó a la gaza:
- ¿Cómo es que duermes sin cerrar más que un ojo?
- ¿Por qué?
La zorra se hizo como que no entendía la intención de los versos y se pus o a dormir, Cuando amaneció, le dijo a la garza:
- Tengo hambre y voy a comerte.
- ¡Por Dios, no me comas! -suplicó la garza- que voy al cielo a una boda y te traeré de allá un queso.
- Entonces quiero ir contigo -dijo la zorra-, porque en el cielo comeré cosas mejores que el queso.
- conforme -respondió la garza-, monta sobre mi.
La garza se elevó hasta las nubes con la zorra encima de sí. Y cuando iba volando sobe un pueblo, la zorra miró la tierra y vio muchas gallinas en un huerto. Entonces le dijo a la garza:
- Me parece que falta mucho para llegar al cielo y no es cosa de hacer un viaje tan largo en ayunas. ¿No será mejor que bajemos donde están aquellas gallinas y mientras yo me como una tú descansas?
Y contestóle la garza
- ¿Por qué no entretienes el hambre cantando?
- Porque no pienso abrir la boca para cantar hasta el día que te coma; ese día cantaré:
- Otra, y no a mi -dijo la garza, al mismo tiempo daba una voltereta y lanzaba al aire a la zorra, la cual bajaba como una exhalación y decía:
- No te acerques, tierra, que te aplasto; apartaos árboles, que os deshago.
Y en eso ¡zas!, la zorra se deshizo contra una peña siguió volando a toda prisa para alcanzar a toda prisa para alcanzar a sus compañeras.
Erase una vez una garza que por estar muy cansada no podía seguir a sus compañeras y se quedó a pasar la noche en un bosque.
Metió la cabeza debajo de un ala con intención de dormir, pero desde una covacha la vio una zorra y a la chita callando, sin meter ruido alguno, se acercó a ella y le dijo:
- Buenas noches, señora garza.
- Buenas las tengamos todas, señora zorra. ¡Cómo! ¿Usted por aquí?
- Vengo a pasar la noche contigo -contestó la zorra- Pero duerme, duerme, que, en amaneciendo, hablaremos.
La garza se colocó frente a la zorra y cerró un ojo.
La zorra al verla preguntó a la gaza:
- ¿Cómo es que duermes sin cerrar más que un ojo?
- ¿Por qué?
quien duerme con un compañero
que lo sabe si es cierto,
duerme con un ojo cerrado
y con el otro muy abierto.
La zorra se hizo como que no entendía la intención de los versos y se pus o a dormir, Cuando amaneció, le dijo a la garza:
- Tengo hambre y voy a comerte.
- ¡Por Dios, no me comas! -suplicó la garza- que voy al cielo a una boda y te traeré de allá un queso.
- Entonces quiero ir contigo -dijo la zorra-, porque en el cielo comeré cosas mejores que el queso.
- conforme -respondió la garza-, monta sobre mi.
La garza se elevó hasta las nubes con la zorra encima de sí. Y cuando iba volando sobe un pueblo, la zorra miró la tierra y vio muchas gallinas en un huerto. Entonces le dijo a la garza:
- Me parece que falta mucho para llegar al cielo y no es cosa de hacer un viaje tan largo en ayunas. ¿No será mejor que bajemos donde están aquellas gallinas y mientras yo me como una tú descansas?
Y contestóle la garza
- ¿Por qué no entretienes el hambre cantando?
- Porque no pienso abrir la boca para cantar hasta el día que te coma; ese día cantaré:
Una garza comí
una garza comí...
- Otra, y no a mi -dijo la garza, al mismo tiempo daba una voltereta y lanzaba al aire a la zorra, la cual bajaba como una exhalación y decía:
- No te acerques, tierra, que te aplasto; apartaos árboles, que os deshago.
Y en eso ¡zas!, la zorra se deshizo contra una peña siguió volando a toda prisa para alcanzar a toda prisa para alcanzar a sus compañeras.
Caupolicán
Rubén Darío
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco del árbol al hombro de un campeón
salavaje y aguerrido cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules o el brazo de Sansón.
Por casco, sus cabellos; su pecho, por coraza:
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro y estrangular un león.
Anduvo... anduvo... lo vio la luz del día,
lo vio la tarde pálida, lo vio la noche fría
y siempre el tronco de árbol a cuesta del titán.
- ¡El toqui! ¡El toqui! -clama la conmovida casta.
Anduvo... anduvo... anduvo... la aurora dijo: -¡Basta!
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco del árbol al hombro de un campeón
salavaje y aguerrido cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules o el brazo de Sansón.
Por casco, sus cabellos; su pecho, por coraza:
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro y estrangular un león.
Anduvo... anduvo... lo vio la luz del día,
lo vio la tarde pálida, lo vio la noche fría
y siempre el tronco de árbol a cuesta del titán.
- ¡El toqui! ¡El toqui! -clama la conmovida casta.
Anduvo... anduvo... anduvo... la aurora dijo: -¡Basta!
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.
Un tigre en la noche
Un viejo leñador fue quien di ola noticia. ¡Un tigre había dado muerte a una pieza! Había arrastrado a su víctima hasta el cauce seco de un riachuelo, dejándola allí para tener asegurada otra comida, y yo me propuse estar en aquel paraje cuando volviese la fiera.
Aconteció este lance en las vertientes frondosas de una estribación del Himalaya, junto al cual se extienden la selva por muchos kilómetros y, aunque los tigres eran en aquella parte muy numerosos, resultaba excesivamente difícil al cazarlos. Salvaban, errantes, inmensas distancias, y como la comida era abundante, no se acercaban con frecuencia a las proximidades de punto habitados por el hombre.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando llegué allí. Encima de un sitio cubierto de yerba, en el cauce del río, veíase tendido en cuerpo de un sambar, la especie de venado más grande que existe en la India. El tigre habíale partido el cuello, y devorado parte del cuerpo, y dejado el resto para otra comida. Mi shikari, como llamamos al cazador en la India, me hizo un machan en un árbol que había a tres pasos.
Consiste el machan en unas cuantas ramas atadas juntas con trepadoras, que forman una pequeña plataforma o tablado, algo parecido al nido de un pájaro de gran tamaño, y estaba a unos siete metros del nivel del suelo.
Me encaramé a mi nido, ocultándome cuando pude, y por medio de una cuerda que hice de planta trepadoras, subí la carabina, el fusil y demás cosas de mi uso particular; márchose el shikari y quedé solo en mi atalaya.
Una selva india es verdaderamente un lugar desolado durante el día, y se puede caminar muy lejos en ella sin encontrar animales y aves o una señal cualquiera de vida; pero, al anochecer, comienza el despertar, y entonces me di cuenta del grande misterioso movimiento que reinaba ya en mis tristes alrededores. El astro de la noche se hallaba en su plenitud, y sin embargo, en casi toda la selva reinaba la más completa oscuridad. En noches como aquélla no debía uno errar el blanco.
De repente, el ruido de una piedra quitada de su sitio, púsome los nervios en tensión y dirigí la vista hacia el punto de donde procedía. Al fin, pude ver algo que se acercaba, y observé que era una hiena atraída por el olor de la carne muerta. Dio unos cuantos saltos en dirección del cuerpo del venado y comenzó a desgarrarlo.
Estaba yo en acecho contemplando lo que pasaba, cuando divisé un hermoso cervatillo que se hallaba a unos seis metros de distancia. Habíase aproximado en medio del silencio más absoluto. El cervatillo se parece bastante al venado manso y confiado de nuestros parques, y es además un animal muy simpático. Bajó la cabeza disponiéndose a pacer la yerba que por allí crecía, y levantóla de repente; miró obstinadamente en derredor.
Notó, al punto, la presencia de la hiena, y se puso a contemplarla intensamente unos segundos, después de los cuales, en cuatro brincos, penetró en lo más intrincado del bosque. Pronto se presentaron dos puercoespines, y pasaron por debajo del árbol en que me hallaba oculto. Luego tuve que aguardar mucho tiempo, hasta que vino otro ruido a interrumpir el silencio extraordinario que reinaba en la selva.
Esta vez el ruido fue más intenso. Conocíase que el nuevo visitante era amigo de hacerse anunciar; y era de seguro un animal o animales que no conocían el miedo. Apareció de repente un pequeño rebaño de elefantes; y como por lo general son inofensivos, su proximidad no me alarmó lo más mínimo.
Al desaparecer en las sombras volvió a reinar nuevamente el silencio, y yo empezaba ya a sentirme algo amodorrado, cuando unos estridentes chillidos de monos, todavía a distantes, me pusieron sobre aviso. Estos anuncian al cazador que una pantera o un tigre pasan por debajo del sitio en que ellos se hallan. La hiena lo sabía también, y alzando la cabeza, dirigió la vista hacia la selva. Permaneció un momento en esta actitud y luego se marchó tranquilamente.
La modorra que se había apoderado de mí había ya desaparecido. Mis oídos anhelaban escuchar el más leve rumor y éste vino al fin. Era algo así como un bramido que produce el vendaval al soplar sobre un campo de trigo en sazón. Este ruido fue creciendo, creciendo, y luego apareció el rey de la selva india.
La sangre me azotaba los oídos; tanta era la rapidez con que mi corazón latía, y las manos me temblaban por la excitación en que me hallaba; pero no esperé que todo estuviese en calma, sabiendo, como sabía, que el tigre puede desaparecer en un segundo. Oyóse un tipo. Dio el felino un salto terrible en el aire y luego, antes de que yo tuviese tiempo de volver a disparar, se hundió en la espesura.
Creí haberle perdido ya, y estaba escuchando el estrépito producido por la acelerada cerrera de numerosas fieras espantadas por sus rugidos y mi disparo, cuando otros cinco rugidos salvajes, a un centenar de metros de distancia, hiciéronme comprender que el tigre estaba mortalmente herido; de lo contrario, hubiera estado ya a dos kilómetros de aquel sitio.
Nada más pudo hacerse hasta que vino la mañana, y aun entonces mi tarea podía ser arriesgada, pues aunque a veces un tigre suele no ser tan peligroso, en cambio lo es siempre, y tremendamente, cuando está herido, pues así desconoce el miedo y acomete a todo lo que se le presenta. No había ya necesidad de mantenerse quieto, y aunque dolorido a causa de mi forzada posición de tantas horas, di movimiento a mis piernas entumecidas, encendí la pipa y me senté.
A las seis de la mañana llegó mi shikari, y dándole la carabina, me quedé con mi magnífico fusil de doce tiros cargados con doce cartuchos de balas. Enseguida, comencé la parte más excitante de mi aventura. Avanzamos con todas las precauciones imaginables por entre las altas yerbas. buscando las huellas del carnicero.
Inesperadamente, presentóse ante nosotros el destrozado rey de la selva, y lanzó un atronador rugido de rabia, en tanto mostraba, entre la maleza en que se hallaba, su enorme fauce armada de terribles colmillos. Instintivamente hice fuego. Hubo un crujido en la hojarasca, un golpe pesado, y luego, silencio.
Aconteció este lance en las vertientes frondosas de una estribación del Himalaya, junto al cual se extienden la selva por muchos kilómetros y, aunque los tigres eran en aquella parte muy numerosos, resultaba excesivamente difícil al cazarlos. Salvaban, errantes, inmensas distancias, y como la comida era abundante, no se acercaban con frecuencia a las proximidades de punto habitados por el hombre.
Eran las cuatro y media de la tarde cuando llegué allí. Encima de un sitio cubierto de yerba, en el cauce del río, veíase tendido en cuerpo de un sambar, la especie de venado más grande que existe en la India. El tigre habíale partido el cuello, y devorado parte del cuerpo, y dejado el resto para otra comida. Mi shikari, como llamamos al cazador en la India, me hizo un machan en un árbol que había a tres pasos.
Consiste el machan en unas cuantas ramas atadas juntas con trepadoras, que forman una pequeña plataforma o tablado, algo parecido al nido de un pájaro de gran tamaño, y estaba a unos siete metros del nivel del suelo.
Me encaramé a mi nido, ocultándome cuando pude, y por medio de una cuerda que hice de planta trepadoras, subí la carabina, el fusil y demás cosas de mi uso particular; márchose el shikari y quedé solo en mi atalaya.
Una selva india es verdaderamente un lugar desolado durante el día, y se puede caminar muy lejos en ella sin encontrar animales y aves o una señal cualquiera de vida; pero, al anochecer, comienza el despertar, y entonces me di cuenta del grande misterioso movimiento que reinaba ya en mis tristes alrededores. El astro de la noche se hallaba en su plenitud, y sin embargo, en casi toda la selva reinaba la más completa oscuridad. En noches como aquélla no debía uno errar el blanco.
De repente, el ruido de una piedra quitada de su sitio, púsome los nervios en tensión y dirigí la vista hacia el punto de donde procedía. Al fin, pude ver algo que se acercaba, y observé que era una hiena atraída por el olor de la carne muerta. Dio unos cuantos saltos en dirección del cuerpo del venado y comenzó a desgarrarlo.
Estaba yo en acecho contemplando lo que pasaba, cuando divisé un hermoso cervatillo que se hallaba a unos seis metros de distancia. Habíase aproximado en medio del silencio más absoluto. El cervatillo se parece bastante al venado manso y confiado de nuestros parques, y es además un animal muy simpático. Bajó la cabeza disponiéndose a pacer la yerba que por allí crecía, y levantóla de repente; miró obstinadamente en derredor.
Notó, al punto, la presencia de la hiena, y se puso a contemplarla intensamente unos segundos, después de los cuales, en cuatro brincos, penetró en lo más intrincado del bosque. Pronto se presentaron dos puercoespines, y pasaron por debajo del árbol en que me hallaba oculto. Luego tuve que aguardar mucho tiempo, hasta que vino otro ruido a interrumpir el silencio extraordinario que reinaba en la selva.
Esta vez el ruido fue más intenso. Conocíase que el nuevo visitante era amigo de hacerse anunciar; y era de seguro un animal o animales que no conocían el miedo. Apareció de repente un pequeño rebaño de elefantes; y como por lo general son inofensivos, su proximidad no me alarmó lo más mínimo.
Al desaparecer en las sombras volvió a reinar nuevamente el silencio, y yo empezaba ya a sentirme algo amodorrado, cuando unos estridentes chillidos de monos, todavía a distantes, me pusieron sobre aviso. Estos anuncian al cazador que una pantera o un tigre pasan por debajo del sitio en que ellos se hallan. La hiena lo sabía también, y alzando la cabeza, dirigió la vista hacia la selva. Permaneció un momento en esta actitud y luego se marchó tranquilamente.
La modorra que se había apoderado de mí había ya desaparecido. Mis oídos anhelaban escuchar el más leve rumor y éste vino al fin. Era algo así como un bramido que produce el vendaval al soplar sobre un campo de trigo en sazón. Este ruido fue creciendo, creciendo, y luego apareció el rey de la selva india.
La sangre me azotaba los oídos; tanta era la rapidez con que mi corazón latía, y las manos me temblaban por la excitación en que me hallaba; pero no esperé que todo estuviese en calma, sabiendo, como sabía, que el tigre puede desaparecer en un segundo. Oyóse un tipo. Dio el felino un salto terrible en el aire y luego, antes de que yo tuviese tiempo de volver a disparar, se hundió en la espesura.
Creí haberle perdido ya, y estaba escuchando el estrépito producido por la acelerada cerrera de numerosas fieras espantadas por sus rugidos y mi disparo, cuando otros cinco rugidos salvajes, a un centenar de metros de distancia, hiciéronme comprender que el tigre estaba mortalmente herido; de lo contrario, hubiera estado ya a dos kilómetros de aquel sitio.
Nada más pudo hacerse hasta que vino la mañana, y aun entonces mi tarea podía ser arriesgada, pues aunque a veces un tigre suele no ser tan peligroso, en cambio lo es siempre, y tremendamente, cuando está herido, pues así desconoce el miedo y acomete a todo lo que se le presenta. No había ya necesidad de mantenerse quieto, y aunque dolorido a causa de mi forzada posición de tantas horas, di movimiento a mis piernas entumecidas, encendí la pipa y me senté.
A las seis de la mañana llegó mi shikari, y dándole la carabina, me quedé con mi magnífico fusil de doce tiros cargados con doce cartuchos de balas. Enseguida, comencé la parte más excitante de mi aventura. Avanzamos con todas las precauciones imaginables por entre las altas yerbas. buscando las huellas del carnicero.
Inesperadamente, presentóse ante nosotros el destrozado rey de la selva, y lanzó un atronador rugido de rabia, en tanto mostraba, entre la maleza en que se hallaba, su enorme fauce armada de terribles colmillos. Instintivamente hice fuego. Hubo un crujido en la hojarasca, un golpe pesado, y luego, silencio.
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