miércoles, 12 de febrero de 2020

Mambrú

Cantares de Chile, Versión de Mario Baeza.
Profesor y director de coros polifónicos de notables condiciones, y autor del Cancionero Escolar, Cantares de Chile, y de otras obras de su especialidad.
En las palabras preliminares de Cantares de Chile, dice: "Algunas de estas canciones fueron escritas por gente que tú y yo conocemos. Otras son herencia de muchos hombres y mujeres olvidados de quieres nadie sabe cómo fueron. Cantares iguales o muy semejantes a éstos se dicen en otros sitios de América... Son aguas que viene de un surtidor común orillando huertos vecinos"... "Ese cantar, el tuyo, el mío y el de todos, nos hará sentirnos tan amigos, como el estero es hermano gemelo de los pájaros". 

Un niño en Francia
muy bello y sin igual
por no tener padrinos,
Mambrú se va a llamar.

Mambrú creció muy luego,
casarse quiere ya,
con una hermosa niña
nacida en Portugal.

Diez duques y marquesas
lo van a acompañar.
En la noche del baile,
lo llama un oficial.
En la mano le pone
un mensaje real.
Mambrú que lo ha leído
se tuvo que embarcar.

Llevaba en su casaca
la rosa de un rosal:
recuerdo de su esposa
que tuvo que dejar.

Mambrú se fue a la guerra,
no se cuándo vendrá;
¿será para la Pascua
o pa' la Trinidad?

La Pascua ya se ha ido,
también la Trinidad;
sube, niño, a la torre
por ver si viene ya.

Ahí viene un palomito,
¿qué nuevas traerá?
- Las nuevas que yo traigo
dan ganas de llorar.

Mambrú murió en la guerra,
lo traen a enterrar
en una barca blanca
que viene por el mar.

Aquí acabó la historia:
Mambrú descansa ya
en caja de terciopelo
con capa de cristal. 

La madre de los Gracos

Vivía en Roma una aristocrática y hermosa dama llamada Cornelia. Hubiera podido casarse con un rey, pero prefirió casarse con un honorable ciudadano romano. Su marido se llamaba Graco, y tuvo de él dos hijos, que fueron conocidos por los "Gracos".

Amábalos con pasión; educólos en virtud y nobleza y se propuso que fueran dignos ciudadanos de Roma.

Un día, recibió la visita de una elegante patricia que solo acertaba a hablarse de trajes y joyas, y que terminó por decirle:

- Ya sé que tenéis también joyas muy preciosas, ¿me las quiere enseñar?

Levantóse Cornelia, salió de la estancia y, al corto rato, reapareció llevando de cada manos a sus dos hijos ya mayorcitos.

- Estos -dijo- son las únicas joyas de que os he hablado.

Fueron aquellos hijos hombres heróicos, y toda roma reconoció que debían a su madre el ser tan valientes y justicieros. aún en vida se le levantó una estatua con esta inscripción.

A CORNELIA, madre de os Gracos.

¡Gran destino es ser madre de hombres heróicos! El nombre de Cornelia vivirá siempre y sus famosos hijos son recordados por haber tenido una madre tan noble y tan buena, que hizo de ellos lo que fueron: hombres célebres.

Así, las madres de todos los tiempos que abrazan con amor los deberes maternales, hacen de sus hijos valores reales, que a su vez, continuando la cadena cuyos eslabones empiezan en la madre, prosiguen dando a la Patria, al hogar y a la sociedad mujeres tan augustas como Cornelia, y hombres tan extraordinarios como los Gracos.

La camisa del hombre feliz

Hace muchísimos años vivía un rey que era muy desgraciado y que de tanto sufrir cayó enfermo; los médicos no sabían qué enfermedad era, pero el mago de la corte dijo que la única manera  de salvar al rey sería ponerle la camisa de un hombre feliz.

Salieron, entonces, emisarios a todas partes, para buscar un hombre feliz, mas ese hombre no aparecía en ninguna parte, hasta que un día, ya desesperados, el primer ministro y el mago del palacio se sentaron a descansar bajo un árbol. Sintieron cantar, se asomaron y vieron dentro de una gruta a un hombre que, al parecer, era inmensamente feliz. El primer ministro con el mago entraron, decididos a preguntarle por qué estaba tan contento.

- Dime, buen hombre -le dijo el primer ministro- ¿por qué estás tan contento?
- Porque soy un hombre feliz -le respondió.
- ¿Siempre te hallas así tan feliz? -preguntóle el mago.
- Sí -contestó el hombre- soy feliz porque no tengo ninguna preocupación. ¡Sí, soy feliz! ¡Muy bien!
- Entonces ya salvamos al rey, dijo el primer ministro, y dirigiéndose al hombre, le expresó: -haznos el favor de darnos tu camisa; el indispensable par que sane el rey.
- Oh, señor -repuso el hombre- yo se la daría con mucho gusto, pero ¿saben? yo no uso camisa.

¡El único hombre feliz del reino no tenía camisa!

Lombrices y culebras

Las pequeñas lombrices que se arrastran por el jardín o que van de un lado a otro, minando la tierra suelta, parecen animales comunes e insignificantes, y sin embargo, son de la mayor utilidad al hombre, ajeno por lo general del bien que reportan.

Si no existieran las lombrices, nos sería difícil vivir. A ellas se debe el que la yerba crezca para que sirva de pasto al ganado, y que la huerta produzca hortaliza para nuestro sustento.

Mucho antes de que a nadie se le ocurriera construir un arado, las lombrices hacían el beneficio de romper los grandes terrones en los campos de cultivo. Estos animalitos no tienen ojos, antenas ni patas, pero tienen en cada anillo de los que forman su cuerpo, cuatro pares de cerdas que les sirven para moverse.

Por los hoyos que las lombrices hacen en el terreno, para aire que seca la humedad y permite que las raíces de las plantas se conserven en buen estado.

Las lombrices prestan aún otro servicio. Convierten el terreno empobrecido en fertilísima tierra vegetal, y esto lo hacen tragándose tierra y hojas secas, que expelen más tarde.

La tierra, al salir del cuerpo de la lombriz, cae formando montoncitos, que el viento y la lluvia esparcen luego por el campo. En una huerta se ven cientos de estos montoncitos, mediante los cuales la superficie laborable se transforma constantemente en magníficos terrenos de labor.

Ni hay hortelano que pueda transformar la tierra virgen en tierra vegetal tan bien como lo hacen las lombrices.

Hay algunos animales que causan general repugnancia y cuya presencia se elude, porque no son agradables a la vista. Pero esto es, las más de las veces, predisposición contra ellos, pues un detenido estudio de los mismos revela bondades y bellezas que habían pasado inadvertidas. Existe una antipatía general y hasta cierto punto absurda, en contra de las culebras, causante para ellas de un sufrimiento injustificado. el temor que se tiene a estos animales es tan común que, para muchas personas, chicas y grandes, un paseo por el bosque no sólo deja de ser un placer, sino que es considerado como un gran peligro, por miedo a las culebras.

Las culebras chilenas son inofensivas y prestan buen servicio, pues matan insectos dañinos. En ver de temblar de terror a la vista de una culebra, obsérvesele y estúdiensele con detención, y pronto se querrá saber por qué se arrastran tan de prisa, qué come y dónde vive. Así, observándola, se vendrá al conocimiento de que la culebra es en todo diferente a la lombriz. Pertenece a una familia distinta, pero es tan inocente e inofensiva como aquélla. Las culebras, como todos los reptiles, desean que su liberad no sea coartada, que las dejen arrastrarse sin impedimentos por entre las yerbas, y si alguna se desliza sobre el pie o la mano de una persona, no hay que temer, porque no hará daño.

martes, 11 de febrero de 2020

El volantin

Cleophas Torres de Perry

Educadora, escritora y poetisa chilena contemporánea.

Con unos maderos de caña flexible
armazón liviana y firme le di.

Papel satinado de cuatro colores
fue el ropaje claro que lo vestí.

Los mismos tirantes que lo atan a tierra
son los que aseguran su vuelo triunfal.

Con mano nerviosa desenrollo el hilo
e inflado su pecho empieza a volar.

Alterna con nubes y pájaros, vuela
como si quisiera llegar hasta el sol,
y en las vibraciones del hilo yo siento
que canta los cielos en mi corazón.

Y cuando el ocaso enciende sus fuegos,
brillan los colores de mi volantín,
como un picaflor que pasa libando
las flores de inmenso y alado jardín.

En las noches dejo la ventana abierta,
y nimbados de astros soñamos los dos,
que subiendo juntos por el cielo inmenso
por rutas de estrellas llegamos a Dios. 

El compañero de viaje

"¿Es este el camino del lugar?", preguntó un perro joven a un zorro muchacho que tomaba el sol entre las matas. "Si, éste es, le respondió el zorro, y como he descasado bastante y voy también al mismo pueblo, quiero acompañarle". "Tome usted la derecha". "No le permito; soy más joven". "Usted es forastero; ¿quién diría de mi las gentes?".

El perro no se atrevió a replicar, y así atravesaron por delante de un bosque situado a la derecha del camino. Un poco más allá vieron otro bosque hacia la izquierda, y dijo el zorro, deteniéndose: "He reflexionado y tenía usted razón; soy el más viejo y podrían criticarle a usted por cederme la derecha":

Así atravesaron el bosque hasta encontrar otro grupo de árboles al lado opuesto. Entonces el zorro hizo una parada, y dijo, con mucha convicción:

- ¡Alto! No pasaré de aquí si no vuelve usted a ponerse a mi derecha. En este país hay mucha etiqueta y me desollarían si no le cedo el sitio preferente. ¿Y que dirían de mi? Usted va de paso y yo me quedo... Volvieron a caminar, y el zorro marchaba al compás del compañero, resguardado por su cuerpo y encogiendo mucho el rabo, cuando sonó un disparo entre los árboles. El zorro desapareció, mientras el perro, con la pata rota, lanzaba lastimosos aullidos.

- ¡Calle!, es un perro, dijo un cazador: pero yo he visto un rabo de zorro.
- Era el de mi compañero de viaje -contestó el perro, entre ladridos, y contó la aventura al hombre-. Ven a casa a curarte -dijo este- pero que esto te sirva de lección y que no olvides nunca que más vale ir solo que mal acompañado...

El cuento de David

Un hombre llamado David se encontraba un día paseando a orillas de un río. Al otro lado de un recodo cercano se oía de vez en cuando salpicar el agua. David refunfuñando algunas palabras. De pronto sonaron varias voces y el agua cesó de salpicar. En este momento apareció un muchacho por entre los matorrales.

- ¿Qué hay, Samuel? - dijo David sorprendido.
- Que estoy indignado - respondió Samuel en un tono que revelaba cólera -. Un muchacho me ha echado a perder toda la diversión; y ahora no tengo nada en que entretenerme.
- ¡Qué lástima! ¿Cómo ha sido eso? -preguntó David
- Yo estaba tirando piedras a la rana más grande que he visto en mi vida, y ese muchacho vino y la espantó.
- ¿Qué más? -preguntó David con indiferencia.
- Me dijo que yo era un cobarde.
- ¡Y lo eres efectivamente! -exclamó David-. El cobarde más cobarde que yo he conocido.

Samuel se sentó en una roca a considerar el pobre concepto que parecía merecerle a David. Cuanto más ensimismado se encontraba el muchacho, vio a David sacar un pez del agua y matarle con un golpe en la cabeza.

- ¿Por qué le pegas a ese pescado? -preguntó Samuel, que se alegraba de poder cambiar la conversación.
- Para evitar que sufra -Replicó David en tono áspero.
- ¡Qué! Los peces no sufren -observó Samuel.
- ¡Qué disparate! -repuso David -. ¿No le viste agitarse? Sí. ¿Por qué? Porque sufre al hallarse fuera del agua. Lo he cogido para comérmelo, y lo menos que debo hacer es evitarle todo sufrimiento innecesario. ¿Qué te dijo aquel muchacho acerca de las ranas?
- Pues me dijo que las ranas servían para algo en el pantano.
- Efectivamente es así. Cuando crecen se comen las hierbas podridas y la basura, cosas que serían un peligro para nuestra salud si permaneciesen en el agua estancada. ¿Qué más te dijo?
- Me dijo que eran muy bonitas.
- Eso es verdad también - dijo David -. Ese muchacho sabe mucho. Las ranas son, además de bonitas, inofensivas. ¿Has sabido de alguna rana que le haya hecho daño a alguien? Pues no se puede decir lo mismo de los muchachos.

Samuel guardó silencio por un instante, y luego repuso:

- Las ranas no saben mucho:

David se volvió rápidamente y, mirando a Samuel cara a cara, le dijo:

- ¡Esa sí que es buena! ¿Quién te ha dicho eso? En primer lugar, si la ignorancia fuera una excusa para atormentar a un ser viviente, yo podría ahora martirizarte a ti por un rato: pero afortunadamente no es así. A nadie se le ocurriría preguntarte lo que sabes antes de mostrarse bondadoso contigo. Te equivocas si crees que las ranas son estúpidas. Observa con qué perfección nadan y bucean. Yo he estado aprendiendo a bucear como ellas todo el verano y todavía no sé. Las ranas nunca se tiran al agua sin poner las manos por delante, como le ocurre a algunas personas. Yo enseñé a una rana a que viniera a comer en mi mano; y te aseguro que esto era en el animalito un acto de valentía tanto como de confianza, pues ella sabía tan bien como tú, lo que hubieran hecho algunos muchachos de mal corazón.

Samuel bajó la cabeza lleno de vergüenza.

- Pero aún hay más -continuó David-. Cuando tengas que matar a algún animal, hazlo lo más pronto que puedas; no le dejes sufrir ni un instante. No hay nada que justifique la mitad de lo que se sufre en este mundo.

Samuel se quedó pensativo después de las últimas palabras de David, y pasado un rato, dijo a éste:

- ¿Quieres llevarme a pesar esta tarde?
- No, no quiero -contestó David enfáticamente -. Yo no voy a pesar para divertirme, y ya he cogido todo lo que necesito por ahora.
- Entonces, ¿podré ir a nadar contigo? -insistió Samuel.
- Eso si -respondió Davie en tono cordial-. Veremos si podemos nadar mejor que las ranas, aunque no lo creo; pero de todos modos trataremos.
- Bueno, entonces hasta luego -dijo Samuel, levantándose y emprendiendo la marcha hacia su casa. No habría el muchacho andado cinco metros, cuando se detuvo y, volviéndose hacia donde estaba David, le gritó:
- Oye, David, nunca más volveré a tirar piedras a las ranas -y continuó su camino.