Oscar Martínez Bilbao
Para aprender a soñar,
soñé que estaba soñando...
Yo era un niño de la ciudad
y tú eras un niño del campo.
Los dos viajábamos juntos
sobre un caballo de basto.
Siete sauces dormilones
miraban dormir el pasto,
y las nubes en el cielo
tejían mantas de guasos.
Yo te regalé mi pueblo
y tú me regalaste el campo.
Encima de un cerro alegre
había un violín tocando;
la noche cantaba en él,
para hacer dormir los pájaros.
¡Qué lindas cosas se ven
cuando se viajaba de guaso!
Este sueño que yo tuve,
lo tuve andando en el campo,
y de tanto que soñé,
aprendí a vivir soñando.
Estos son textos tomados de un libro que se llama "Mi amigo, cuarto preparatoria", los que quiero escribir en este blog para la posteridad...
miércoles, 17 de enero de 2018
El Héroe de la Concepción, Arturo Pérez Canto
(De "Efemérides al Servicio de la Educación", de don Pedro J. Ramírez)
Tenía apenas 16 años, cuando, en un arranque de patriótico entusiasmo, se fugó de su casa, arrojó al mar los libros que ocupaba en sus clases en el liceo y se embarcó furtivamente en el "Matías Cousiño" con dirección al teatro de la contienda.
También él, que apenas se podía el fusil, quería luchar como chileno y morir defendiendo a la patria; quería ser valiente como sus antepasados.
Desembarcó en Arica donde se encontró con su hermano mayor, que era cirujano del ejército invasor, quien quiso devolverlo a su hogar (Valparaíso). Arturo lloró, rogó y convenció.
En Chorrillos peleó como ayudante del coronel Toro Herrera. Éste decía en un parte oficial: "El subteniente Pérez Canto se distinguió por su admirable valor a toda prueba":
"Varonil respuesta del subteniente Pérez". El segundo comandante del "Chacabuco", temiendo por la vida de aquel niño, lo llamó antes de la batalla de Miraflores, y le dijo:
- Subteniente Pérez, usted se quedará el día del combate a cargo del equipaje del cuerpo.
Quedó como petrificado al principio y luego contestó:
- ¡Yo cuando vine a ocupar las filas del ejército, fue, señor, para estar siempre al lado de mi cuerpo, tomando parte así en las acciones en que se hallara, pues considero que sería indigno y ridículo que un oficial, mientras sus compañeros están en medio de la batalla, él, con toda sangre fría, permanezca inerte cuidando que no se roben la manta u otra prenda del soldado...!
- ¡Se olvida, subteniente, con quien habla!, -gritó el comandante-. Parece que ignora usted que la ordenanza manda obedecer sin replicar las órdenes de sus superiores.
Dos lágrimas fueron la única respuesta.
EL jefe le ordenó retirarse, y luego, derramando también lágrimas de reconocimiento, decía a los oficiales que habían presenciado la escena: "Si Chile me diera un regimiento de niños como éste, tendría bastante para batir a todo el ejército peruano".
Y el novel miliciano se batió en Miraflores y vio el clarear de una nueva victoria.
Tenía apenas 16 años, cuando, en un arranque de patriótico entusiasmo, se fugó de su casa, arrojó al mar los libros que ocupaba en sus clases en el liceo y se embarcó furtivamente en el "Matías Cousiño" con dirección al teatro de la contienda.
También él, que apenas se podía el fusil, quería luchar como chileno y morir defendiendo a la patria; quería ser valiente como sus antepasados.
Desembarcó en Arica donde se encontró con su hermano mayor, que era cirujano del ejército invasor, quien quiso devolverlo a su hogar (Valparaíso). Arturo lloró, rogó y convenció.
En Chorrillos peleó como ayudante del coronel Toro Herrera. Éste decía en un parte oficial: "El subteniente Pérez Canto se distinguió por su admirable valor a toda prueba":
"Varonil respuesta del subteniente Pérez". El segundo comandante del "Chacabuco", temiendo por la vida de aquel niño, lo llamó antes de la batalla de Miraflores, y le dijo:
- Subteniente Pérez, usted se quedará el día del combate a cargo del equipaje del cuerpo.
Quedó como petrificado al principio y luego contestó:
- ¡Yo cuando vine a ocupar las filas del ejército, fue, señor, para estar siempre al lado de mi cuerpo, tomando parte así en las acciones en que se hallara, pues considero que sería indigno y ridículo que un oficial, mientras sus compañeros están en medio de la batalla, él, con toda sangre fría, permanezca inerte cuidando que no se roben la manta u otra prenda del soldado...!
- ¡Se olvida, subteniente, con quien habla!, -gritó el comandante-. Parece que ignora usted que la ordenanza manda obedecer sin replicar las órdenes de sus superiores.
Dos lágrimas fueron la única respuesta.
EL jefe le ordenó retirarse, y luego, derramando también lágrimas de reconocimiento, decía a los oficiales que habían presenciado la escena: "Si Chile me diera un regimiento de niños como éste, tendría bastante para batir a todo el ejército peruano".
Y el novel miliciano se batió en Miraflores y vio el clarear de una nueva victoria.
Monólogo de la Luna
Desde que el hombre me conoce, me admira y me alaba. No hay pintor, músico ni artista que haya dejado de inspirarse en mí. Estos últimos me llaman la pálida, la blanca Luna. Mas yo, por honradez, debo de reconocer que si ilumino con mi dulce claridad ciertas noches la Tierra, es porque reflejo con una de mis caras, la luz que el Sol me envía, Y a propósito de mi cara iluminada, he de confesar que, orgullosamente, escondía la otra a los humanos, siempre anhelantes de saber cómo era. Ahora, gracias a la curiosidad y talento de sus científicos, he sido nada menos que fotografiada, mediante un explorador o sputnik, que se entretuvo en girar cual pequeñísimo satélite en torno mío.
No me extrañaría que eros raros intrusillos de la Tierra me visitaran el día menos pensado, porque ya me he dado cuenta - como decía - por esa especie de moscardoncito piteador que me rondó, de que ya han superado la etapa esencial para hacerlo, la de arrancar definitivamente un proyectil de la atracción de su astro. Ahora les queda por enviar a algunos de ellos para que desciendan en una de mis desoladas llanuras y, principalmente, que puedan resolver el problema de la escasez de oxígeno que hay en mí, como asimismo hallar la manera de retornar a la Tierra.
Yo, mientras tanto, sigo guardando mis otros secretos. Acaso no demoren mucho en conocerlos; pero estoy bien segura de que les han de costar harto caros. En todo caso, sigo prefiriendo a sus pintores a sus pintores, pero no a éstos que me pintan cuadrada, como tampoco a esos poetas que dicen que soy verde o , a los que, faltos de imaginación, me comparan con un queso.
No me extrañaría que eros raros intrusillos de la Tierra me visitaran el día menos pensado, porque ya me he dado cuenta - como decía - por esa especie de moscardoncito piteador que me rondó, de que ya han superado la etapa esencial para hacerlo, la de arrancar definitivamente un proyectil de la atracción de su astro. Ahora les queda por enviar a algunos de ellos para que desciendan en una de mis desoladas llanuras y, principalmente, que puedan resolver el problema de la escasez de oxígeno que hay en mí, como asimismo hallar la manera de retornar a la Tierra.
Yo, mientras tanto, sigo guardando mis otros secretos. Acaso no demoren mucho en conocerlos; pero estoy bien segura de que les han de costar harto caros. En todo caso, sigo prefiriendo a sus pintores a sus pintores, pero no a éstos que me pintan cuadrada, como tampoco a esos poetas que dicen que soy verde o , a los que, faltos de imaginación, me comparan con un queso.
Una anécdota de Liszt
Al dar Liszt uno de sus conciertos en la corte de San Petersburgo, antigua capital de Rusia, el zar, durante las ejecuciones del eminente pianista, conversaba animadamente con su compañera. Esto molestó a Liszzt, y viendo que el zar no daba término a la charla, interrumpió enérgicamente la ejecución en el piano, lo que motivó un inesperado silencio.
El zar, intrigado, preguntóla causa del inexplicable silencio, a lo cual Liszt, con una ceremoniosa reverencia, respondió:
- Cuando los príncipes hablan, callan los servidores, Señor...
El zar, intrigado, preguntóla causa del inexplicable silencio, a lo cual Liszt, con una ceremoniosa reverencia, respondió:
- Cuando los príncipes hablan, callan los servidores, Señor...
Los Refranes
Sancho Panza, el gordo y fiel escudero de Don Quijote, era - como saben ustedes - un hombre rústico que acompañó a su amo en la cien locas aventuras que éste, guiado por su noble espíritu de justicia, emprendió por los caminos de España, perdida ya la razón las absurdas leyendas heroicas de fabulosos caballeros, que sin descanso había leído de día y de noche.
Sancho, ciertamente, era un ignorante, tanto que no sabía leer ni menos escribir; pero en cambio, la vida le había enseñado mucha experiencia, que él en todo momento ocasional, dábala a conocer mediante dichos y refranes que sabía por miles. En vano don Quijote le llamó la atención más de una vez por esta manía suya de traerlos a cada instante a flor de labios y expresarlos; pero el buen Sancho, cierto de que ellos eran la expresión de su sabiduría popular, manifestada en forma breve y concisa, no dejaba de decirlos.
Nosotros mismos, en nuestra vida diaria, los pronunciamos, cuando vienen al caso. Así, decimos a un niño a quien se le hace un regalo que, en vez de agradecer, protesta porque éste no fue de mejor calidad; "A caballo regalado, no le mires los dientes"; a una niña que, acostumbrada a levantarse tarde, se queja que no le va bien en sus estudios, podemos decirle: "A quien madruga, Dios le ayuda".
He aquí algunos refranes o proverbios populares, que ojalá puedas, amigo o amiga mía, saber interpretar su intención, como así también la de otros que recuerdes y agregues a esta pequeña lista:
Obras son amores, que no buenas razones.
Quien mucho abarca, poco aprieta.
Del dicho al hecho hay mucho trecho.
A palabras necias, oídos sordos.
Dime con quien andas y te diré quién eres.
Quien mal anda, mal acaba.
Quien mucho habla, mucho yerra.
Por el hilo se saca el ovillo.
La cabra siempre tira al monte.
Sancho, ciertamente, era un ignorante, tanto que no sabía leer ni menos escribir; pero en cambio, la vida le había enseñado mucha experiencia, que él en todo momento ocasional, dábala a conocer mediante dichos y refranes que sabía por miles. En vano don Quijote le llamó la atención más de una vez por esta manía suya de traerlos a cada instante a flor de labios y expresarlos; pero el buen Sancho, cierto de que ellos eran la expresión de su sabiduría popular, manifestada en forma breve y concisa, no dejaba de decirlos.
Nosotros mismos, en nuestra vida diaria, los pronunciamos, cuando vienen al caso. Así, decimos a un niño a quien se le hace un regalo que, en vez de agradecer, protesta porque éste no fue de mejor calidad; "A caballo regalado, no le mires los dientes"; a una niña que, acostumbrada a levantarse tarde, se queja que no le va bien en sus estudios, podemos decirle: "A quien madruga, Dios le ayuda".
He aquí algunos refranes o proverbios populares, que ojalá puedas, amigo o amiga mía, saber interpretar su intención, como así también la de otros que recuerdes y agregues a esta pequeña lista:
Obras son amores, que no buenas razones.
Quien mucho abarca, poco aprieta.
Del dicho al hecho hay mucho trecho.
A palabras necias, oídos sordos.
Dime con quien andas y te diré quién eres.
Quien mal anda, mal acaba.
Quien mucho habla, mucho yerra.
Por el hilo se saca el ovillo.
La cabra siempre tira al monte.
Dos Héroes
Francisco Valdés Vergara
El cadáver del Capital Prat permaneció sobre la cubierta del Huáscar hasta la terminación del combate. a su lado estaban los cadáveres del Sargento Aldea, del teniente Serrano, y de los marineros que acompañaron a éste en el abordaje. Luego que se hundió la esmeralda, el capitán Grau dio orden de mandar a tierra aquellos sangrientos despojos. Al cumplirse esta orden, se notó que el capitán Prat tenía en el bolsillo de su casaca una cartera con los retratos de su esposa y de sus pequeños hijos.
Arturo Prat fue valiente como ninguno; de ellos dio prueba haciéndose matar por la honra y la gloria de la República. También fue amante, como ninguno, de su familia; jamás apartó de su corazón el recuerdo de la madre, de la esposa y de los hijos que la formaban. En el momento de abordar la nave enemiga, llevaba en la mano derecha la espada que la Patria le había dado para su defensa, y en el pecho llevaba los retratos de los seres queridos a quienes no volvería a ver. El pensamiento de que iba a dejar a su esposa en la viudez y a sus hijos en la orfandad, debió hacerle sentir amarga pesadumbre; pero esto no perturbó la serenidad de su ánimo, ni hizo flaquear la firmeza de su voluntad. Su alma, inflamada en santo amor a la Patria, se desligó con viril esfuerzo de los tiernos lazos que la ataban a la vida terrenal, y se elevó, por el sacrificio, a la inmotalidad gloriosa de los héroes.
El Capitán Grau guardó con respeto la cartera y la espada de Prat; algunos días más tarde envió estos objetos a la viuda del héroe, con una carta en la cual hacía cumplido elogio de su valor. El capitán Grau mereció, por este acto de hidalguía, el Huáscar fue vencido, y su jefe murió, como cumple con un valiente, en el puesto que el deber le señalaba. El Gobierno de Chile ordenó entonces que los restos de Grau fueran sepultados en Mejillones, con los honores propios de su rango militar. Con estos hechos se enseña a los pueblo que, aun en medio de los horrores de la guerra, la humanidad ordena al enemigo vencido y honrar sus virtudes.
El cadáver del Capital Prat permaneció sobre la cubierta del Huáscar hasta la terminación del combate. a su lado estaban los cadáveres del Sargento Aldea, del teniente Serrano, y de los marineros que acompañaron a éste en el abordaje. Luego que se hundió la esmeralda, el capitán Grau dio orden de mandar a tierra aquellos sangrientos despojos. Al cumplirse esta orden, se notó que el capitán Prat tenía en el bolsillo de su casaca una cartera con los retratos de su esposa y de sus pequeños hijos.
Arturo Prat fue valiente como ninguno; de ellos dio prueba haciéndose matar por la honra y la gloria de la República. También fue amante, como ninguno, de su familia; jamás apartó de su corazón el recuerdo de la madre, de la esposa y de los hijos que la formaban. En el momento de abordar la nave enemiga, llevaba en la mano derecha la espada que la Patria le había dado para su defensa, y en el pecho llevaba los retratos de los seres queridos a quienes no volvería a ver. El pensamiento de que iba a dejar a su esposa en la viudez y a sus hijos en la orfandad, debió hacerle sentir amarga pesadumbre; pero esto no perturbó la serenidad de su ánimo, ni hizo flaquear la firmeza de su voluntad. Su alma, inflamada en santo amor a la Patria, se desligó con viril esfuerzo de los tiernos lazos que la ataban a la vida terrenal, y se elevó, por el sacrificio, a la inmotalidad gloriosa de los héroes.
El Capitán Grau guardó con respeto la cartera y la espada de Prat; algunos días más tarde envió estos objetos a la viuda del héroe, con una carta en la cual hacía cumplido elogio de su valor. El capitán Grau mereció, por este acto de hidalguía, el Huáscar fue vencido, y su jefe murió, como cumple con un valiente, en el puesto que el deber le señalaba. El Gobierno de Chile ordenó entonces que los restos de Grau fueran sepultados en Mejillones, con los honores propios de su rango militar. Con estos hechos se enseña a los pueblo que, aun en medio de los horrores de la guerra, la humanidad ordena al enemigo vencido y honrar sus virtudes.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Algunos de nuestros auxiliares
Ocurre a menudo que no sabemos apreciar a algunos de nuestros mejores amigos en el reino animal. Sabemos tan poco acerca de ellos que nos los figuramos por completo inútiles y faltos de interés. Pero no es así. Las ranas y, especialmente los sapos, son objeto de repugnancia de repugnancia general, y sin embargo sus vidas nos son de gran utilidad y tienen cosas interesantes.
El sapo y la rana se parecen un tanto; uno y otra nacen de huevos puestos en el agua; ambos comienzan la vida siendo renacuajos nadadores.
Los sapos en el estado de renacuajos tiene el cuerpo lleno de pintitas parecidas a polvo dorado, y la rana, en el mismo estado, es completamente obscura.
El renacuajo pasa las primeras semanas de su vida en una zanja o en un pantano. Allí se alimenta de hierbas acuáticas y hojas secas. Mas tarde, su alimento consiste en insectos y gusanillos que abundan en las aguas estancadas.
Mientras están ele agua, los sapitos se parecen mucho a los peces, pues tiene la cabeza grande y la cola corta. Respiran por medio de dos branquias semejantes a plumas, que se llaman agallas, y que están a ambos lados de la cabeza.
Los sapos se transforman completamente antes de abandonar su elemento líquido para vivir en la tierra. Mientras viven en el agua no tienen patas, pero cuando crecen lo suficiente, les salen cuatro de éstas.Pierden las agallas y entonces respiran por la garganta. Puede decirse que después de esta transformación, el paso comienza una nueva vida.
En la primavera, los sapos regresan a las orillas de los ríos, o a los pantanos. Ocurre que a la hembra no se le olvida que ha de poner sus huevos en el agua, no obstante preferir ella vivir en la tierra.
Las ranas deben vivir cerca del agua, pues se morirían si no mantuviesen su piel húmeda y fría. Pero no obstante, no pueden vivir mucho tiempo en el líquido, y por esto frecuentemente se ven ranas ahogadas. Los muchachos de buen corazón deben recordar esto, para que se apresuren a prestar auxilio a cualquier pobre rana que se encuentren a orillas de los pantanos donde nadan, imposibilitadas de salir a tierra por lo empinado de aquellas.
Los sapos jóvenes sienten mucho calor, y durante el día se ocultan en lugares frescos. Un aguacero de verano les hace salir de sus escondites por docenas, así es que mucha gente ignorante cree,al verlos, que "ha llovido sapos".
El sapo macho lleva debajo de la piel gran número de saquitos llenos de líquidos, y esto le permite conservarse fresco y cómo do por mucho polvo que haya en el lugar donde vive. Cuando se le amenaza, se defiende expeliendo este líquido, el cual no hace daño si cae en las manos, pero que debe ser amargo y desagradable al paladar, dado que los perros y los gatos dan muestra de de disgusto cuando muerden un sapo. Después de haber tenido en las manos uno de estos animalitos, es preciso lavárselas muy bien pues el líquido causa una fuerte irritación en los ojos y hay que evitar que llegue a ellos.
Una de las cosas más curiosas en un sapo es su lengua. La tiene muy larga, con la punta retorcida hacia dentro. Con ella coge una mosca o un escarabajo, sacándola tan rápidamente que es casi imposible ver la acción.
Los sapos no solamente son inofensivos, sino que son muy buenos amigos nuestros. Si no se les molesta, viven por largo tiempo en un mismo lugar, y destruyen muchos insectos y bichos que son perjudiciales a las plantas en los jardines y huertas.
Los sapos se comen las moscas domésticas que tanto nos fastidian. Se ha visto a un sapo coger ochenta y seis moscas en menos de diez minutos.
Algunas personas ha tenido sapos como animales domésticos y se ha visto que éstos no carecen de inteligencia. Un sapo que vivía en una huerta acostumbrada a ir todos los días a la hora de comer, en busca de su ración. Ocurrió que un día se cambió la hora de la comida y cuando llegó el sapo ya no quedaba nada que darle. Pero el animal hizo el propósito de no perder su comida por segunda vez, y al día siguiente se presentó en la casa a la nueva hora de comer, siendo de admirar su puntualidad en lo sucesivo. Nadie pudo averiguar cómo aquel animal supo que la hora de la comida se había variado.
Los sapos son frecuentemente víctimas de impremeditada crueldad. Son animales que no pueden hacer daño a nadie, y son casi indefensos, pues ni aun pueden correr de algún modo. La diversión que se encuentra en mortificar a un sapo es poco más o manos igual a la que se encontraría golpeando a un niño o a un inválido. Solamente un cobarde encontraría placer en hacer esto
El sapo y la rana se parecen un tanto; uno y otra nacen de huevos puestos en el agua; ambos comienzan la vida siendo renacuajos nadadores.
Los sapos en el estado de renacuajos tiene el cuerpo lleno de pintitas parecidas a polvo dorado, y la rana, en el mismo estado, es completamente obscura.
El renacuajo pasa las primeras semanas de su vida en una zanja o en un pantano. Allí se alimenta de hierbas acuáticas y hojas secas. Mas tarde, su alimento consiste en insectos y gusanillos que abundan en las aguas estancadas.
Mientras están ele agua, los sapitos se parecen mucho a los peces, pues tiene la cabeza grande y la cola corta. Respiran por medio de dos branquias semejantes a plumas, que se llaman agallas, y que están a ambos lados de la cabeza.
Los sapos se transforman completamente antes de abandonar su elemento líquido para vivir en la tierra. Mientras viven en el agua no tienen patas, pero cuando crecen lo suficiente, les salen cuatro de éstas.Pierden las agallas y entonces respiran por la garganta. Puede decirse que después de esta transformación, el paso comienza una nueva vida.
En la primavera, los sapos regresan a las orillas de los ríos, o a los pantanos. Ocurre que a la hembra no se le olvida que ha de poner sus huevos en el agua, no obstante preferir ella vivir en la tierra.
Las ranas deben vivir cerca del agua, pues se morirían si no mantuviesen su piel húmeda y fría. Pero no obstante, no pueden vivir mucho tiempo en el líquido, y por esto frecuentemente se ven ranas ahogadas. Los muchachos de buen corazón deben recordar esto, para que se apresuren a prestar auxilio a cualquier pobre rana que se encuentren a orillas de los pantanos donde nadan, imposibilitadas de salir a tierra por lo empinado de aquellas.
Los sapos jóvenes sienten mucho calor, y durante el día se ocultan en lugares frescos. Un aguacero de verano les hace salir de sus escondites por docenas, así es que mucha gente ignorante cree,al verlos, que "ha llovido sapos".
El sapo macho lleva debajo de la piel gran número de saquitos llenos de líquidos, y esto le permite conservarse fresco y cómo do por mucho polvo que haya en el lugar donde vive. Cuando se le amenaza, se defiende expeliendo este líquido, el cual no hace daño si cae en las manos, pero que debe ser amargo y desagradable al paladar, dado que los perros y los gatos dan muestra de de disgusto cuando muerden un sapo. Después de haber tenido en las manos uno de estos animalitos, es preciso lavárselas muy bien pues el líquido causa una fuerte irritación en los ojos y hay que evitar que llegue a ellos.
Una de las cosas más curiosas en un sapo es su lengua. La tiene muy larga, con la punta retorcida hacia dentro. Con ella coge una mosca o un escarabajo, sacándola tan rápidamente que es casi imposible ver la acción.
Los sapos no solamente son inofensivos, sino que son muy buenos amigos nuestros. Si no se les molesta, viven por largo tiempo en un mismo lugar, y destruyen muchos insectos y bichos que son perjudiciales a las plantas en los jardines y huertas.
Los sapos se comen las moscas domésticas que tanto nos fastidian. Se ha visto a un sapo coger ochenta y seis moscas en menos de diez minutos.
Algunas personas ha tenido sapos como animales domésticos y se ha visto que éstos no carecen de inteligencia. Un sapo que vivía en una huerta acostumbrada a ir todos los días a la hora de comer, en busca de su ración. Ocurrió que un día se cambió la hora de la comida y cuando llegó el sapo ya no quedaba nada que darle. Pero el animal hizo el propósito de no perder su comida por segunda vez, y al día siguiente se presentó en la casa a la nueva hora de comer, siendo de admirar su puntualidad en lo sucesivo. Nadie pudo averiguar cómo aquel animal supo que la hora de la comida se había variado.
Los sapos son frecuentemente víctimas de impremeditada crueldad. Son animales que no pueden hacer daño a nadie, y son casi indefensos, pues ni aun pueden correr de algún modo. La diversión que se encuentra en mortificar a un sapo es poco más o manos igual a la que se encontraría golpeando a un niño o a un inválido. Solamente un cobarde encontraría placer en hacer esto
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