Constancio C. Vigil
Soy una hormiga del cielo, En vez de caminar, vuelo; en vez de dañar a las plantas, llevo de flor en flor el polen que las fecunda; en vez de ocultar el fruto de mi labor, lo deposito al alcance del hombre.
El escritor reúne pensamientos; el músico, armonías; el pintor, líneas y colores, y yo, dulzuras.
La colmena es una ciudad llena de trabajadoras. Nuestra reina es querida y respetada. Damos la vida por ella si algún peligro la amenaza, pues ella nos la dio.
¿Te parece mal que tengamos aguijón?
Si eres bueno, no temas. Conozco a mis amigos.
Necesitamos defendernos de los animales y de los hombres que destruirán nuestra vida y nuestra obra.
Nosotras no podemos hablar, ni podemos explicarnos, y en silencio presentamos la dulzura y el dolor; cada cual puede elegir.
Así también deja Dios que elijáis lo bueno y lo malo, entre la virtud y el vicio, entre la alegría y la desgracia.
Estos son textos tomados de un libro que se llama "Mi amigo, cuarto preparatoria", los que quiero escribir en este blog para la posteridad...
sábado, 21 de julio de 2012
La "Aurora de Chile". El primer periódico nacional
W. Millar, chileno.
En los primeros años de nuestra emancipación política, no había imprentas en Chile, en que los patriotas pudieran hacer propaganda en favor de las nuevas ideas y dar noticias al pueblo de los sucesos públicos. Un ciudadano sueco, Mateo Arnaldo Hoever, encargó una, por su cuenta a los Estados Unidos, la cual llegó a Valparaiso, en noviembre de 1811.
Don José Miguel Carrera, jefe de Gobierno, compró aquella imprenta que tan oportunamente llegaba al país, por cuenta del Estado, y la hizo instalar en Santiago, para sacar un periódico que prestigiara la revolución chilena., En Chile había habido solo un intento de imprenta, unos pocos tipos que tuvieron los padres de la Domínica, donde se imprimieron pequeños folletos y esquelas.
Fray Camilo Henríquez, que había demostrado ser un patriota decidido y entusiasta, y cuyo talento e ilustración eran reconocidos, fue encargado de la dirección del periódico que iba a publicarse.
El 13 de febrero de 1812 apareció el primer número de la Aurora de Chile, en medio de las más delirantes explosiones de regocijo del pueblo. Los hombres cruzaban las polvorosas calles coloniales de Santiago con una "Aurora" en la mano, y detenidamente a cuantos encontraban, leían y volvían a leer su contenido, dándose los parabienes por tanta felicidad y prometiéndose que por este medio, pronto se desterrarían la ignorancia y ceguedad en que hasta entonces habían vivido.
Camilo Henríquez tenía una pluma desbordante de vigor y de audacia, y desde el primer momento comenzó a arrojar a puñados y a todos los vientos, la multitud de ideas revolucionarias, republicanas y democráticas que bullían en su cerebro. "Vosotros no sois esclavos -escribía-, ninguno puede mandaros contra vuestra voluntad. ¿Recibió alguna patente del cielo que acredite quién debe mandaros? La naturaleza nos hizo iguales, solamente en fuerza de un pacto libre, espontáneo y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre nosotros una autoridad justa, legítima y razonable".
También escribieron en la Aurora de Chile, don Antonio de Irisarri, que se hizo popular con el seudónimo "Ají", y en verdad que le venía, porque eran picantes sus sátiras; don Juan Egaña, abogado y consultor de Carrera; don Manuel de Salas, filósofo y educador; don José Miguel Infante y don Manuel José Gandarillas.
En los primeros años de nuestra emancipación política, no había imprentas en Chile, en que los patriotas pudieran hacer propaganda en favor de las nuevas ideas y dar noticias al pueblo de los sucesos públicos. Un ciudadano sueco, Mateo Arnaldo Hoever, encargó una, por su cuenta a los Estados Unidos, la cual llegó a Valparaiso, en noviembre de 1811.
Don José Miguel Carrera, jefe de Gobierno, compró aquella imprenta que tan oportunamente llegaba al país, por cuenta del Estado, y la hizo instalar en Santiago, para sacar un periódico que prestigiara la revolución chilena., En Chile había habido solo un intento de imprenta, unos pocos tipos que tuvieron los padres de la Domínica, donde se imprimieron pequeños folletos y esquelas.
Fray Camilo Henríquez, que había demostrado ser un patriota decidido y entusiasta, y cuyo talento e ilustración eran reconocidos, fue encargado de la dirección del periódico que iba a publicarse.
El 13 de febrero de 1812 apareció el primer número de la Aurora de Chile, en medio de las más delirantes explosiones de regocijo del pueblo. Los hombres cruzaban las polvorosas calles coloniales de Santiago con una "Aurora" en la mano, y detenidamente a cuantos encontraban, leían y volvían a leer su contenido, dándose los parabienes por tanta felicidad y prometiéndose que por este medio, pronto se desterrarían la ignorancia y ceguedad en que hasta entonces habían vivido.
Camilo Henríquez tenía una pluma desbordante de vigor y de audacia, y desde el primer momento comenzó a arrojar a puñados y a todos los vientos, la multitud de ideas revolucionarias, republicanas y democráticas que bullían en su cerebro. "Vosotros no sois esclavos -escribía-, ninguno puede mandaros contra vuestra voluntad. ¿Recibió alguna patente del cielo que acredite quién debe mandaros? La naturaleza nos hizo iguales, solamente en fuerza de un pacto libre, espontáneo y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre nosotros una autoridad justa, legítima y razonable".
También escribieron en la Aurora de Chile, don Antonio de Irisarri, que se hizo popular con el seudónimo "Ají", y en verdad que le venía, porque eran picantes sus sátiras; don Juan Egaña, abogado y consultor de Carrera; don Manuel de Salas, filósofo y educador; don José Miguel Infante y don Manuel José Gandarillas.
El labrador y la cigüeña (Samaniego)
El labrador don Ignacio miraba con gran pesar sus siembras, porque gansos y grullas solían hacer pasto de su trigo, felices de encontrarlo crecido y tierno. Y cansado de verse burlado en su trabajo, don Ignacio armó unos hábiles lazos, deseoso de hacer pagar caro a los dañinos animales su perjuicio. Efectivamente, en sus lazos cayeron pronto grullas, gansos y hasta una cigüeña. Esta última, que por casualidad había llegado hasta esos sembrados, rogó al labrador:
- Señor dueño del campo, yo os pido por favor que me dejéis en libertad, pues no merezco oena de culpados, ya que no he venido a robar, sino a ver a mis amigas las grullas y los gansos. ¡Lejos de hacer daño, yo acostumbro limpiar los campos de sabandijas, de culebras y víboras dañinas!
- Nada me satisface lo que me cuentas -respondió don Ignacio, que con razón estaba muy disgustado, pues había perdido tiempo y dinero con la maltratada cosecha-. Te hallé con delincuentes y con ellos perecerás en mis manos, pues me he cansado de soportar que todos ustedes lleguen a comerse las semillas y pastos de mis prados!
E inútilmente imploró la pobre cigüeña, pues el labrador no le hizo caso y la mató conjuntamente con los gansos y las grullas, aquel mismo día, cocinando sus cuerpos para dárselos a comer a los perros. ¡La inocente cigüeña tuvo el fin desgraciado que pueden prometerse los buenos que se juntan con los malos!
- Señor dueño del campo, yo os pido por favor que me dejéis en libertad, pues no merezco oena de culpados, ya que no he venido a robar, sino a ver a mis amigas las grullas y los gansos. ¡Lejos de hacer daño, yo acostumbro limpiar los campos de sabandijas, de culebras y víboras dañinas!
- Nada me satisface lo que me cuentas -respondió don Ignacio, que con razón estaba muy disgustado, pues había perdido tiempo y dinero con la maltratada cosecha-. Te hallé con delincuentes y con ellos perecerás en mis manos, pues me he cansado de soportar que todos ustedes lleguen a comerse las semillas y pastos de mis prados!
E inútilmente imploró la pobre cigüeña, pues el labrador no le hizo caso y la mató conjuntamente con los gansos y las grullas, aquel mismo día, cocinando sus cuerpos para dárselos a comer a los perros. ¡La inocente cigüeña tuvo el fin desgraciado que pueden prometerse los buenos que se juntan con los malos!
viernes, 13 de abril de 2012
Al amor de la lumbre
Carlos Pezoa Véliz
Junto a las grutas de las quebradas
donde las aguas alborotadas
charlan de asuntos sin ton ni son
hay una casa de corredores
donde hay palomas, tiestos con flores
y enredaderas en el balcón.
Es una casa de tres ventanas
donde la madre luce sus canas
como argumento de algo gentil,
y unos modales llenos de gracia
que hacen más grave la aristocracia
del aire místico y señoril.
Si fuera cosas de tiempo antiguo,
más de una oda de metro exiguo
hubiera escrito Fray Luis de León,
sobre la dama de blanco pelo,
sobre las dichas que allá en el cielo
tendrán los buenos de corazón.
Y en verdad, digna es de verso y prosa,
blanca mesa, la blanca loza,
la porcelana de albo matiz,
los cuchicheos, los tenues corros
y el agua alegre que salta a chorros
por una enorme llave matriz.
***
La madre cose; la joven piensa;
la chica enreda su obscura trenza;
los grandes hurgan temas de amor,
y si a la larga se ponen tristes,
el más alegre cuenta unos chistes
que a todos ponen de buen humor.
Mientras las flores pueblan la mesa
y la bandeja de plata gruesa
y las cajitas donde hay café,
en cuyas clásicas etiquetas
hay unos chinos que hacen piruetas
sobre cajones llenos de té.
***
En las heladas tardes de invierno
se lee libros de arte moderno
o alguna charla de Pedro Gil;
oye la dama de pelo cano,
callado el viento, callado el piano,
o Paderewski sobre el atril…
Cuando en las noches hay aguaceros,
niños y gatos junto al bracero
oyen La Lámpara de Aladín;
cuentos de negros duchos en bromas,
niñas que un hada volvió a palomas
o gigantones con piel de espín.
… Suenan las doce; la madre reza;
hay en los cielos mucha tristeza,
debajo de un vaho sentimental,
mientras que enfermas de hipocondría
cantan las ranas su letanía
allá en la orilla del manantial.
Sueñan los niños que allá en la gloria,
hay una inmensa preparatoria
donde Dios hace de preceptor;
y que en las clases, de traje blanco,
a cada uno pone en el banco
una corneta con un tambor.
Nuestros indios
(Del “Grafismo animalista en el hablar del pueblo chileno”, por Oreste Palth”)
El indio araucano, por superposición o sentido mágico, se adornaban con plumas de aves de rapiña, colas de plumas; creía que con estos amuletos adquiría su destreza, su velocidad.
Los moscardones y otros insectos, eran, según ellos, la posible encarnación de los jefes muertos.
Las mujeres, prontas a ser madres, se distanciaban de la ruca e Ibáñez lejos acompañadas de otra. Nacido el niño, la madre se metía en el agua. Entretanto, la compañera mataba un corderito nuevo o, más ordinariamente, una gallina, con cuya sangre rociaba la casucha para que el niño fuera portador de suerte.
Entre los araucanos, el apellido derivaba del tótem del grupo sanguíneo, y era casi siempre el nombre de algún animal, ave, pez u otro ser viviente, o, lo que era más común, de alguna fuerza o aspecto de la naturaleza. Los apellidos más corrientes eran los que, traducidos al castellano, significaban: traro, águila, avestruz, cóndor, culebra, león, etcétera.
El Padre Rosales, comentando este hecho, dice que “los nombres, desde tiempos inmemoriales, significaban animales o cosas, acompañados de la cualidad o acción: marihuán, diez guanacos; nahueltripai, salió el tigre; cachuñameu, aguilucho colorado”, etc. Esta costumbre de aplicar sobre nombres de animales establecía en la antigüedad ciertos parentescos y castas entre los indios, costumbre que ha provenido de los pueblo bárbaros, de creer que los animales, como el tigre, el león, el guanaco, etc., simbolizan un genio bueno que preside a una familia.
El Águila y el Gato
El Águila dijo al Gato: “Yo soy célebre,
con mi nombre y mi fama, yo me río
del mundo entero, porque son los hombres
admiradores de mi poderío”.
El espantapájaros
Creo que soy el único hombre que no come, no bebe, no habla, no camina y no duerme.
Realizo una tarea importante: cuido lo sembrado, evito que los pájaros devoren las semillas depositadas en la tierra y en las pequeñas plantas.
Aguanto a pie firme el frío, el sol, la helada, la lluvia y nada se me paga por mi trabajo.
Los pájaros me respetan y me temen. Algo feo me dicen desde lejos; pero ninguno se aproxima donde estoy yo.
A pesar de todo, ¡fíjense en mi ropa!... ¡Me visten con la que ya no sirve para nadie! ¡Díganme si no es vergonzoso, para un hombre que trabaja, usar este sombrero!
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